Arranco los motores de la nave CIUDADELA-NA948 mientras observo cómo se derrite el hielo en un grueso vaso de cristal, diluyendo las últimas gotas de pacharán que contenía. Debo ser más cauteloso y no malgastarlo, hoy día es prácticamente imposible encontrar botellas de este brebaje tan valioso. Pero tenía que celebrar este día. Si la memoria no me falla hoy cumplo años, 43 han pasado ya desde que mi abuelo decidió ponerme el nombre de Fermín, por el santo.

Si mi abuelo pudiera ver en qué se ha convertido su querida tierra lloraría. Como aquella vez que vio pasar los últimos regueros de agua por el Arga, donde me contaba que se bañaba con frecuencia cuando era joven. Por aquella época cerraron las últimas piscinas municipales: no se podía tolerar tal derroche de H²O.

La nave ya está preparada para salir. Abandono el escondite en el que había descansado durante el día, mientras observo desde el ventanal el paisaje haciéndose cada vez más pequeño. Las dunas de arena de la Selva de Irati se deshacen con la potencia de los motores y me pregunto por qué le siguen llamando selva a ese secarral. Hace mucho esa tierra albergó una vegetación exuberante, al menos eso es lo que relataban los artículos que había leído, pero aun así era difícil de imaginar.

Con la de acontecimientos terribles que narraban las crónicas históricas, quién iba a pensar que todavía nos esperaba lo peor. Las fiestas de San Fermín se suspendieron durante muchos años por no sé qué virus, por lluvias torrenciales y olas de calor extremo, por la Guerra de Independencia de los burgos del Casco Viejo, por la extinción de la vid y la cebada, por la aparición de aquellos extraños monolitos en los que solo se leía la palabra “PETA” (algo que nadie supo explicar), y luego vino aquella invasión de brujas de Zugarramurdi. No me quiero ni imaginar la cara de los negacionistas de la brujería al ver aparecer a esos seres sobrevolando la ciudad. Aunque todo no fueron malas noticias. Nadie daba un duro por Osasuna en aquella final de la Copa de la Vía Láctea.

Mi sonrisa al recordar aquella victoria deportiva se torna en un gesto serio. Desde la nave ya puedo divisar el caos, el humo saliendo de la ciudad, los rayos láser cruzando avenidas, las explosiones, las hordas de personas huyendo de la ciudad. Mientras me anudo la capa compruebo los datos del exterior: 57ºC y vientos de 126km/h. Cada vez se hace más duro estar ahí fuera… Me coloco las gafas de protección y ya puedo ver sus amenazantes ojos brillantes a lo lejos. Suena «En blanco y negro» de Barricada, como al comienzo de cada batalla. «Quiero ser más rápido que ellos, echar todo a perder, un día tras otro y un buen rato después…» Subo el volumen, trago saliva, abro la escotilla y allá voy.

Apoyado ya en la torre Basoko, cruzamos nuestras miradas y agarro con fuerza mis cadenas de Navarra. El suelo tiembla a medida que se acerca aquella mole de acero. Quién hubiera pensado que ese icono tan emblemático de la ciudad acabaría destruyéndola, después de tantos siglos proporcionando H²O a sus habitantes. Las fuentes con forma de león habían quedado inservibles hacía décadas, cuando el agua prácticamente desapareció por culpa de la codicia y la mala gestión del ser humano. Entonces lo entendí. Después de pensar durante tantos años que esos monstruos metálicos eran el enemigo, me di cuenta de que los verdaderos monstruos éramos nosotros.